miércoles, mayo 01, 2013

Dictadura

Es frecuente que los miembros del actual gobierno español utilicen la expresión "como no podría ser de otra manera", para apuntalar las vagas explicaciones que ofrecen sobre sus decisiones políticas. Es habitual, también, que sus respuestas sean la quintaesencia de la indefinición, de modo que afirman que "el gobierno tomará las medidas que haya que tomar, como no podría ser de otra manera" y zanjan así cualquier cuestión. Casi se agradece dicha indefinición, ya que la alternativa suele ser que los ministros expliquen sus decisiones políticas utilizando argumentos que, en el mejor de los casos, no tienen relación alguna con la decisión tomada y, en los peores casos, resultan contradictorios con la decisión tomada. Así, se ha justificado el abaratamiento del despido como una medida para crear empleo o las privatizaciones en sanidad como una medida para garantizar el servicio público. Es preferible, en definitiva, que oculten sus razones, si la alternativa es intuir que toman por imbéciles a los ciudadanos que padecemos sus decisiones.
Lo interesante del latiguillo "como no podría ser de otra manera" es la conclusión que se extrae de ella, en caso de tomarla en sentido literal: si, realmente, las decisiones del gobierno no pueden ser otras, si su manera de actuar sigue un único guión posible, ¿qué sentido tiene la elección de un partido u otro? Hace años, algún creyente del fin de la historia decía que ya no había políticas de derechas o de izquierdas, sino políticas eficaces o ineficaces. La trampa que esconde dicha afirmación es que la eficacia se define como la capacidad de conseguir un fin determinado. Pero si no se puede elegir qué fines deben perseguir las políticas ("no existe derecha ni izquierda"), ¿cómo sabremos, siquiera, evaluar su eficacia? Más aún, si no podemos elegir entre derecha e izquierda, si sólo podemos evaluar a los partidos y sus políticas de acuerdo con su eficacia, ¿no es legítimo pensar que se nos están imponiendo determinados fines?
Por decirlo claramente, si las políticas del gobierno "no pueden ser otras", si plantear alguna alternativa es "irresponsable" y si sólo debe importarnos que dichas políticas sean "eficaces", sin importarnos qué fines persigan (y sin tener voz ni voto a la hora de elegir dichos fines), el sistema político en que nos encontramos es una dictadura de partido único, el Partido Capitalista. Por lo tanto, las elecciones parlamentarias son una farsa, un mero reemplazo de actores, que interpretan siempre un guión preestablecido. Al subordinar cualquier acción política a los intereses del capitalismo, el país queda configurado como una empresa y las elecciones se convierten en una mera junta ordinaria de accionistas. Tan interiorizadas están la lógica capitalista y la visión del país como una empresa, que se ha generalizado, sin objeción de ninguna clase, la expresión "marca España" para hablar de la reputación del país.
La alternancia política mediante elecciones en este sistema es, desde una cierta perspectiva, indistinguible del reciente proceso de renovación de la cúpula del Partido Comunista Chino. No cabe esperar verdaderos cambios a raíz de dicha renovación y, seguramente, los posibles nuevos rumbos que adopten las políticas del gobierno chino se explicarán, también, en clave de necesidad ineludible. La única (y dudosa) ventaja que ofrecen las elecciones "libres", frente al opaco sistema chino, consiste en que el espectáculo que ofrecen todos los partidos implicados en el juego electoral es un campo fecundo para el humor.

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