martes, junio 18, 2013

Interpretaciones

La semana pasada ocurrió algo que me hizo desear, por enésima vez, ser de ese tipo de personas que ve señales místicas en todo aquello que le ocurre. Sin embargo, soy (o creo ser) el típico individuo racional inasequible a la emoción para quien dichas asociaciones no son más que interpretaciones voluntaristas de los frutos del azar. La cosa fue como sigue:
Después de dejar transcurrir el plazo para pagar la reserva de matrícula en el máster que pensaba estudiar...
[Inciso] Sí, dejé pasar la oportunidad de hacer algo distinto: tras mucho pensarlo, decidí que esa alternativa no me llevaba a ninguna parte. Quedarme en Lanzarote tampoco me lleva a ninguna parte, pero supongo que entre dos caminos sin salida habrá que escoger el que requiera menos gastos. [Fin del inciso]
...volví a empezar con el círculo vicioso de reflexión, elección, dudas e inmovilidad que describí en la anterior entrada. En pleno proceso de reflexión, me di cuenta de que todas las salidas que se me ocurren tienen siempre que ver con volver, de alguna manera, a caminos ya trillados en el pasado: volver a Madrid, volver a Turquía, volver a estudiar, etc. Siempre "volver", sin ninguna aspiración de originalidad. De hecho, el único problema que tengo ahora mismo con haber vuelto a Lanzarote es que he tenido que hacerlo forzado por las circunstancias (aunque sospecho que me dejé forzar más de lo que las circunstancias requerían...), que no tengo ingresos y que lo he hecho aproximadamente una década antes de lo que había imaginado: siempre creí que acabaría estableciéndome en Canarias, pero nunca pensé hacerlo antes de los cuarenta. En realidad, supongo que lo imaginaba como un plan de futuro más bien difuso y lo suficientemente lejano como para no tener que ponerle plazo alguno.
Entonces, sumergido en uno de esos procesos de autoanálisis psicológico (de la escuela de psicología del campanario ilocalizable*, por supuesto), con el que trataba de elegir entre explicaciones igualmente inválidas para mi inclinación a volver a lugares agotados y tratar de revivir situaciones en las que, si lo pienso bien, tampoco fui excesivamente feliz pero, al menos, fueron reales y estables durante un tiempo, dudaba si diagnosticarme una compleja adicción a la melancolía o una simple idiotez sin escapatoria. Ocurrió entonces que, durante una caminata, mi móvil decidió que había tenido suficiente con tres años de caídas al suelo recurrentes, y terminó de romperse con el último impacto contra el piso.
Al llegar a casa, cambié la tarjeta SIM a otro móvil, más viejo aún, que mi madre tenía guardado en alguna gaveta. Entonces, ¡milagro!, aparecieron de la nada varios mensajes de hace años, que habían permanecido guardados en la tarjeta SIM sin que mi anterior móvil me permitiera acceder a ellos (y que, por tanto, nunca llegué a borrar). Quitando algún mensaje publicitario, todos los demás eran recuerdos de hace entre seis y diez años. Los había conservado porque, en su momento, tuvieron algún valor sentimental: en uno, el amigo con el que compartí piso durante seis años me comunicaba que había aprobado la última asignatura de la carrera. En otro, una compañera de clase (que en su día personificaba -de un modo homersimpsoniano- la entrada "lujuria" en mi diccionario mental) me decía que había disfrutado almorzando conmigo en la cafetería de la universidad (al contrario que cuando decidí no borrarlo, al releer el otro día el mensaje, me pareció mucho más evidente que ella -con mucha educación y tacto- posponía sine die la posibilidad de que la ocasión se repitiera). Otros mensajes que atesoraba eran:
Así que ahí estaba yo, preguntándome por qué no hago más que añorar el pasado, cuando una parte de ese pasado se manifiesta de repente, de una forma casi fantasmagórica. Un par de días después, sin embargo, ocurrió el hecho prodigioso: la propia tarjeta SIM también decidió que casi quince años de servicio ininterrumpido eran suficientes y dejó de funcionar. Tuve que pagar seis euros por un duplicado que, pese al nombre, sólo me sirve para conservar mi número, pero todos esos mensajes se han perdido, esta vez sí, sin remedio.
Por eso me gustaría creer en las señales del destino, para pensar que hay alguna fuerza telúrica incaica que me indica que ya es hora de hacer borrón y cuenta nueva, olvidar dichas o penas del pasado y buscar algo que hacer con el presente y en el futuro. Me gustaría creer que el universo me guiña un ojo y me da un empujoncito para salir de la espiral, que la desaparición de esos mensajes, tras una fugaz reaparición, significa que las páginas que debieron pasarse van a quedar pasadas definitivamente...
Sin embargo, racionalista obtuso como soy, la única reflexión que se me ocurre sobre este asunto es que recuperar los números de teléfono de mis amigos va a ser un proceso más bien largo.



* A la escuela psicológica del campanario ilocalizable pertenecemos todos los que alguna vez hemos sentido algún ligero interés por la psicología pero sin que ese interés nos haya movido a hacer algo más que enterarnos por encima de alguna anécdota. Incluye métodos de análisis tan sofisticados como ofrecerte a interpretar los sueños de alguien y luego soltar la frase "que en tu sueño [ocurra tal o cual cosa] significa que no estás satisfecho con tu vida sexual". Irrebatible. También incluye el análisis y la exposición de complejas y oscuras motivaciones para los actos propios (si uno es del tipo introspectivo y tiende al remordimiento) o ajenos (si se es manipulador y rencoroso -es decir, el tipo de gente que ante un revés, real o imaginario, no puede aceptar que los demás tengan motivos legítimos y honestos, de modo que necesita explicarlos en función de una presunta sevicia ajena-). Consiste, en definitiva, en hablar sin saber pero fingiendo que se sabe, aunque resulte evidente (y supongo que por ello el juego resulta disculpable) que uno ha oído campanas pero no sabe dónde.
** O, mejor: ¡NO! Esta entrada va, precisamente, de soltar el lastre del pasado, no de seguir revolcándose en él.

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